Antología cronológica de menciones al Libro de los doce sabios:
«Será eterno testimonio de sus deseos de saber y de acertar aquel discretísimo tratado sobre la nobleza y lealtad que a instancia suya, y por su mandato le entregaron estos doce sabios, y de que hasta ahora sólo se ha hecho una edición en Valladolid en 1509 con gran detrimento de la enseñanza de los príncipes. Yo lo hallo digno de que no lo dejen de la mano los que gobiernan nuestra Monarquía, o la han de gobernar por sucesión; y pues es un monumento de buen gobierno, que mereció la aceptación de un Rey tan santo, tan discreto y tan instruido como nuestro don Fernando, permítaseme que aquí lo reproduzca, aunque sea de alguna extensión, pues creo no disgustará la simplicidad de sus máximas, y mucho más la buena consecuencia de que solicitándolas aquel Monarca, no pudo menos de abrazarlas en su buen gobierno. Cualquiera que lea este tratado, y después coteje el elogio que don Alonso su hijo hizo a su padre don Fernando, y pondremos más adelante, verá que esta fue la teórica dictada para reinar bien, y aquel elogio la comprobación de la práctica de estas doctrinas. En el real monasterio de san Lorenzo se halla el ejemplar de la edición que he citado, y es la única que he podido descubrir hasta ahora; pero como allí mismo se conserva entre los manuscritos una copia del siglo décimo tercio, he compulsado esta con la edición, y de ambas he completado y corregido el texto que ahora doy a luz para la común instrucción. Sólo omitiré aquí el último cap. 66 de este tratado, porque se conoce en su relato que se añadió por estos sabios cuando después de la muerte del santo Rey lo volvieron a poner en manos de su heredero don Alonso, reinando ya en Castilla y León, y pertenece a la colección de elogios debidos a nuestro Monarca, de que hablaremos más adelante. Ahora nos ceñimos a dar el tratado del modo que es presumible se presentó al rey don Fernando para su santo y sabio gobierno; y dice así: Comienza el libro de la Nobleza y Lealtad (…)» (Memorias para la vida del santo rey Don Fernando III, Viuda de don Joaquín Ibarra, Madrid 1800, página 188.) [Se sospecha que esta obra impresa en 1800 la habría dejado ya dispuesta el doctísimo Juan Lucas Cortés (1624-1701), aunque se suele atribuir al jesuita Andrés Marcos Burriel (1719-1762).]
«Este escrito anunciado con título tan pomposo se halla reducido a amplificar las propiedades de ciertas virtudes y vicios… El trabajo de estos doce sabios no encierra mérito alguno particular: en él se descubre sólo el espíritu monárquico, y aquella manía de comentar y perifrasear una palabra o idea, cuyo gusto dominó después mucho tiempo en nuestra literatura.» (Fermín Gonzalo Morón, Historia de la civilización de España, Madrid 1846, tomo V, págs. 159-160, apud Walsh.)
«Fernando III de Castilla y Jaime I de Aragón, he aquí dos colosales figuras que sobresalen y descuellan simultáneamente en la galería de los grandes hombres y de los grandes príncipes de la edad media española. Conquistadores ambos, la historia designa al uno con este sobrenombre que ganó con sobrada justicia y merecimiento: el otro se distinguiera también con el dictado de Conquistador si la iglesia no le hubiera decorado con el de Santo, que eclipsa y oscurece todos los demás títulos de gloria humana. (…) Bajo tan brillantes reinados no podía la España dejar de experimentar variaciones y mejoras sensibles en su condición social. La conquista de Toledo marcó para nosotros el tránsito de la infancia y juventud de la edad media española a su virilidad; la de Sevilla señala la transición de la virilidad a la madurez. La sociedad española se ha ido robusteciendo y organizando. Aunque fraccionada todavía, ha dado grandes pasos hacia la unidad material y hacia la unidad política. Multitud de pequeños reinos musulmanes han desaparecido; las dominaciones de las tres grandes razas mahometanas, Ommiadas, Almoravides y Almohades, han dejado de existir, y sólo se mantiene en un rincón de la península un pequeño, aunque vigoroso reino muslímico, retoño que ha brotado con cierta lozanía de entre las viejas raíces de los troncos de los tres grandes imperios, que han sucumbido a la fuerza del sentimiento religioso y del ardor patriótico de los españoles y a los golpes de la espada manejada por su incansable brazo. (…) En cada uno de estos dos grandes reinos se ha fijado un idioma vulgar que ha reemplazado al latín, y que revela el diverso origen de ambos pueblos. Don Jaime de Aragón escribe en lemosín los hechos de su vida y la historia de su reinado; don Fernando de Castilla hace romancear los fueros de Burgos y de varios otros pueblos de sus dominios; manda verter al castellano el código de los godos, y él mismo otorga sus cartas y privilegios en lengua vulgar, mostrando con el ejemplo y con el mandato que era ya tiempo de que los documentos oficiales se escribieran en el lenguaje mismo que hablaba el pueblo. (…)
A pesar de la creación de aquella célebre universidad [Salamanca] que tanto honra al rey Santo, de la protección que dispensaba a la juventud estudiosa, y de la predilección que le merecían las letras y los letrados, el estado de la jurisprudencia y de la ciencia política no era tan aventajado y brillante como a primera vista parece pudiera inferirse del nombre pomposo de Sabios que se dió a los que formaban aquella junta que constituía el consejo del rey. La obra que a instancias del monarca compusieron aquellos Doce sabios con el título de Libro de la Nobleza y Lealtad se reduce a definiciones parafraseadas, ampulosas y de mal gusto, que cada sabio hacía de algunas virtudes y de algunos vicios, y a consejos y máximas de moralidad y buen gobierno que daban al rey sobre cómo debía conducirse en la paz y en la guerra, máximas ciertamente saludables y consejos muy sanos, pero que no pasaban de generalidades que hoy alcanza el hombre menos versado en los preceptos de la moral y en la ciencia del gobierno. {(1) Esta obra, que consta de 69 capítulos, y que el señor Morón (en su Historia de la civilización de España, tomo V) dice haber visto manuscrita en la Biblioteca real, se halla impresa en las Memorias para la vida del Santo Rey don Fernando por don Miguel de Manuel, compulsada con un manuscrito del Escorial, y con una edición que de ella se hizo en Valladolid en 1509.} Era no obstante un adelanto respecto a los anteriores tiempos; y aquella universidad, y aquellas traducciones al castellano, y aquella junta de letrados y doctos, y aquella protección a las ciencias, y el pensamiento y comienzo del código de las Partidas, eran el anuncio y la preparación de otro reinado en que aquellos elementos habían de desenvolverse ya anchurosamente.» (Modesto Lafuente, Historia general de España, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, Establecimiento Tipográfico de Mellado, Madrid 1851, tomo V, páginas 439-440, 456, 457, 460-461. Parte II, libro II, capítulo XVI: España bajo los reinados de San Fernando y de Don Jaime el Conquistador.)
«Los doce sabios, y su Libro de la Nobleza y Lealtad. Como prueba del gusto literario de aquel tiempo, de lo que alcanzaban en la ciencia política y del gobierno los que entonces se llamaban sabios, y también como muestra del lenguaje y estilo que se tenía por culto, damos a continuación algunos fragmentos del libro de la Nobleza y Lealtad compuesto por los doce sabios que formaban el consejo de San Fernando.» [y ofrece los capítulos 1, 2, 3, 14, 22, 23, 26, 27, 35, 36, 37, 41, 42, 43, 44 y 54 a 65.] (Modesto Lafuente, Historia general de España, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, Establecimiento Tipográfico de Mellado, Madrid 1851, tomo V, páginas 485-494. Apéndice 5.)
«Mas no sólo dejó Fernando III, cuya gloria alcanza a todas las esferas de la civilización, comprobada su predilección a la lengua castellana en este importante monumento [el Fuero Juzgo], que únicamente nos es dado ahora considerar bajo el aspecto filológico, por más que hallemos en él algunas leyes, o acomodadas a las costumbres y creencias del siglo XIII, o enteramente originales. Protector natural de los varones distinguidos por su ciencia, y congregados por él en su corte, logró también aquel gran rey que entrando en el terreno de la filosofía, ensayaran estos la lengua vulgar en su cultivo, y a sus ilustradas instancias fueron compuestos los dos peregrinos tratados, que llevan por título el Libro de los doce sabios y Flores de Philosophia. Ministrando el primero al mismo rey don Fernando útiles avisos sobre «lo que todo príncipe et regidor de regno a de fasser en ssi et de cómmo deve obrar en aquello que al mesmo pertenesçe, el otrossí de cómmo deve regir et castigar et mandar et conosçer a los del su regno», tiene por objeto principal la educación de los infantes, sus hijos, quienes debían «estudiar et catar en ella como en espejo», pues que «aunque breve escriptura, grandes iuiçios et buenos trahia ella consigo» {(1) Prólogo al Libro de los doce sabios}.
Era pues el Libro de los doce sabios cierta manera de catecismo político, cuya existencia no podría fácilmente comprenderse sin apreciar, en la forma que lo dejamos ya realizado, el extraordinario movimiento que en la primera mitad del siglo XIII ofrece la cultura intelectual de Castilla. Tomando, al escribirle, la misma forma expositiva adoptada por cuantos tratan después de las ciencias políticas o filosóficas, artificio que era harto común en los libros orientales, arábigos y rabínicos, de aquella edad y de las anteriores, fingieron dichos sabios una especie de junta o academia, en que dando principio a sus tareas con la definición de la lealtad [lealtança], expone cada uno la idea que tiene formada de ella, tratando después de la cobdiçia y definiéndola asimismo en breves máximas y sentencias. Señaladas menudamente las cualidades y virtudes que debían brillar en los reyes, así en los goces de la paz como en las artes y peligros de la guerra, píntanlos revestidos de amor y sabiduría, asistidos de piedad y de justicia, fortalecidos de castidad y de templanza, inclinados a la liberalidad y munificencia, y finalmente circunspectos, honradores de los buenos, prontos a reprimir a los orgullosos, humildes en la prosperidad y celosos de su autoridad y fortuna.
Este libro, que halla adelante felices imitadores, formulado en el idioma vulgar y animado de cierto espíritu práctico, podía en verdad lograr alguna aplicación al gobierno del Estado, por más que en nuestros días sea tenido en poco y aun desdeñado por nuestros eruditos {(1) Uno de nuestros más claros escritores contemporáneos observa que el «trabajo de los Doce sabios no encierra mérito alguno particular», añadiendo que «en él se descubre sólo el espíritu monárquico y aquella manía de comentar o perifrasear una palabra o idea, cuyo gusto dominó después mucho tiempo en nuestra literatura» (Morón, Historia de la civilización de España, tomo V, pág. 160). Mas este juicio seguido por el académico don Modesto Lafuente (Historia de España, Parte IIª, lib. II), no puede plenamente ser aceptado por nosotros, porque sobre no estar todo el libro escrito de la misma suerte, debe repararse en que esa forma expositiva viene a determinar en la historia de nuestras letras la aparición del elemento didáctico-oriental que les comunica en breve especial carácter, siendo por tanto digno del mayor estudio el monumento de que tratamos. Ni aun considerado en absoluto, podemos admitir el dictamen referido, pues lejos de esa hinchazón, ampulosidad y mal gusto de que se acusa al Libro de los doce sabios, nos parecen sus advertencias claras, sencillas, útiles, y formuladas con la gracia de que era la lengua susceptible, lo cual juzgó también el entendido P. Burriel, cuando en sus Memorias para la Vida del Santo rey, después de apellidarle tratado discretísimo, manifestó que le hallaba «digno de que no le dejasen de la mano los que gobiernan nuestra monarquía», pág. 188.}: reconociéronlo así los mismos autores, suplicando al rey de Castilla que mandase «dar a cada uno de los ditos sennores infantes, sus filios, un treslado» de aquella obra; «porque anssi agora en lo pressente commo en lo d’adelant porvenir (añadían) ella es tal escriptura que bien s’aprobechará qui la leyer et tomare algo della a pró de las ánimas et de los cuerpos» {(2) Prólogo del Libro de los doce sabios}. Mas cualquiera que fuese el aplauso que obtuvo el Libro de los doce sabios en la corte de Fernando III; cualquiera que sea el juicio de nuestros coetáneos respecto de su doctrina, cuerdo nos parece indicar que sólo debe ser considerado como un ensayo (y por cierto el primero hasta hoy conocido {(1) El entendido don Pascual Gayangos, en la Introducción a los Escritores en prosa anteriores al siglo XV (tomo LI de la Biblioteca de autores españoles), manifiesta no creer «que el Tractado de la nobleza et Lealtad se escribiese durante el reinado de don Fernando el Santo». Alega por razón, demás de suponer el lenguaje impropio de aquella época, que se habla en dicho libro «de las milicias concejiles de un modo incidental y en tono tan despreciativo que excluye toda suposición de que el libro se escribiera en tiempo del expresado rey». La indicación relativa al lenguaje, por ser demasiado vaga, nada prueba, demostrando por el contrario el examen detenido de este monumento, que como otros muchos ha llegado a nuestros días muy adulterado, que abundan en él los rasgos característicos de aquella época en orden a la dicción y a la frase. Respecto del menosprecio de las milicias concejiles, daríamos el valor que le atribuye el señor Gayangos a la observación, cuando se tratara de una época esencialmente militar; pero el reinado de Fernando III, si cumple como pocos, durante la edad media, aquella ley superior de la reconquista, se distingue más principalmente por el espíritu de unidad que en todos los actos del monarca resplandece y por el predominio que dio a la idea sobre el hecho, al derecho sobre la fuerza; origen indubitable de las grandes empresas legales que don Alfonso, su hijo, realiza. Esto y no otra cosa significa el anhelo con que dotó a todas las ciudades que pudo del Fuero Juzgo; esto la preponderancia que en su tiempo lograron los legistas, preponderancia insinuada ya desde el reinado de Alfonso VIII; y esto en fin el empeño no disimulado de crear un solo derecho, proyecto que debía tener por corona la institución de un imperio cristiano, según después comprobaremos. En época como esta, y escribiendo filósofos o legistas, no es, ni puede ser extraño, que no logre aplauso ningún elemento de fuerza, cualquiera que sea su representación y aun su origen; y como el Libro de los doce sabios o de La nobleza respira desde el primero al último capítulo aquel mismo espíritu de unidad y supremacía en el trono, tratando de igual suerte a grandes y pequeños, si ya no es que atiende a despojar a los primeros de todo poder tiránico, de aquí que la observación del señor Gayangos, aunque muy erudita, carezca de la fuerza decisiva que le atribuye.}) de lo que podía alcanzar la prosa castellana en el cultivo de las ciencias, gloria iniciada por Fernando III y cosechada más tarde por su hijo don Alfonso. Con este propósito, y a fin de que pueda formarse cabal juicio del estilo y lenguaje de tan antiguo monumento, trasladaremos el capítulo XXVI, en que hablando de la manera de hacer y conservar las conquistas, revela el espíritu de la época en que fue escrito, y del rey fuerte, grande y conquistador, por cuyo mandato se escribe: […]
{(1) El Libro de los Doce Sabios ó de la Nobleza ó Lealtat fue dado primeramente a la estampa en 1502 (Valladolid, por Diego Gumiel); reimpreso en 1509 en la misma ciudad (Burriel, Memorias para la Vida del Santo rey, pág. 188); reproducido en 1800 (Madrid, Mem. citadas, pág. 188 y siguientes), e incluido por último en el tomo V de la Hist. de Esp. del distinguido académico Lafuente, bien que sin el prólogo y con notables supresiones (Madrid, 1851). A pesar del esmero que el P. Burriel puso en el cotejo de la edición de 1509 con el códice del Escorial, hemos examinado este precioso Ms., designado con la marca B ii.7, y los que en la Biblioteca Nacional tienen las señales Bb. 52 y Cc 88. La primera copia es del siglo XV y se halla al fól. 94 del indicado volumen, que encierra además Los Casos e Caydas de príncipes, traducción de Bocaccio: la segunda es del siglo XVIII, y lleva este título moderno: Junta de los Doce Sauios que hizo el rey don Fernando el santo que ganó a Sevilla, y los consejos que dieron, con los dichos y sentencias de estos. El entendido Burriel suprimió el último capítulo de los códices (el LXV), porque «se añadió después de la muerte del Santo rey»: en efecto, dicho capítulo tiene el siguiente epígrafe: […]. Es por tanto evidente que este capítulo, en que resalta la forma expositiva de los moralistas orientales, fue añadido, como indicó el P. Burriel, después del fallecimiento del rey don Fernando. (Véase la pág. 212 de las citadas Memorias).}
Conocido el anhelo con que el gran rey don Fernando atendió a la educación de sus hijos, y en especial de su primogénito, «metiéndolo mucho en sus conseios et en sus fablas, magüer que la hedat non era tamanna por que sopiese conseiar, segunt conuenie a la su nobleza» {(1) Cap. V de los conservados del libro Septenario.}, tampoco sería descabellado el atribuir al libro de las Flores de Phílosophia el mismo origen. Bien sabemos que esta obra, citada de muchos, vista de pocos, y todavía no examinada, ha sido constantemente reputada como producción de la época de don Alfonso VIII, colocándola en la segunda mitad del siglo XII {(2) (…)}; pero luego que tomados en cuenta los primitivos monumentos de la prosa castellana, tal como lo hemos hecho en el presente capítulo, se viene en conocimiento de que no se había escrito aun aquella con intento literario en el citado período; luego que fijando la atención en la naturaleza del referido tratado, y comparándole con otros de igual índole, trazados al mediar el siglo que historiamos, descubrimos en él cierto sabor oriental que le asocia al movimiento insinuado ya en el Libro de los doce sabios, no podemos asentir a la opinión indicada, creyendo por el contrario que no deben sacarse las Flores de Philosophia del reinado del conquistador de Sevilla, gloriosa preparación de la memorable época del Rey Sabio.
El indicado libro, que se supone escogido y tomado de los dichos de los filósofos, y terminado por Séneca, último de los treinta y siete que se congregan para componerle, guardando no poca analogía con el ya mencionado de la Nobleça et Lealtança, y enlazándose con el de la Sabieça y el de los Bocados de oro, que en su lugar examinaremos, es una compilación de máximas y sentencias morales, religiosas y políticas, distribuidas en treinta y ocho leyes o capítulos. (…) Pero dejando para lugar más adecuado el tratar ampliamente materia tan nueva y difícil, bueno será advertir después de asentado este interesante hecho, que así como el Libro de los doce sabios se encamina principalmente a labrar la educación de los reyes, tiene por objeto el de las Flores de Philosophia la enseñanza general, sin olvidar los deberes del pueblo para con sus monarcas, y atesorando cuerdos y fructuosos consejos sobre la próspera y adversa fortuna.
No faltará acaso quien, recorriendo sus capítulos o leyes, observe como ha sucedido ya respecto del Libro de los doce sabios, que «no pasan sus doctrinas de generalidades que hoy alcanza el hombre menos versado en los preceptos de la moral y de la ciencia del gobierno». Mas cualesquiera que sean en nuestros días los adelantos de las ciencias morales y políticas, siempre nos parecerá infundada, por lo menos, esta manera de juzgar las producciones de edad tan remota, causándonos en cambio verdadera admiración el seso y cordura de los que, acomodando las lecciones de la antigua filosofía a las ideas y creencias de su tiempo, acometían la noble empresa de restituir a la razón el imperio que había perdido en medio de la barbarie de otros siglos, avasallada por todo linaje de violencias. Y si, como llevamos apuntado, reparamos al par en que se hacían estos ensayos en el idioma hablado por la muchedumbre, y bajo los auspicios de un príncipe que tanto hizo para fomentar durante su reinado la lengua vulgar y la prosa castellana, subirá de punto la estimación con que debemos contemplar semejantes obras, y muy especialmente la que merece el libro de las Flores de Philosophia. Observar se debe por último que si la forma expositiva de este y del tratado de los Doce Sabios se deriva de otras literaturas, el fondo, esto es, las doctrinas capitales de uno y otro, reciben general colorido de la cultura española o ya son enteramente cristianas, sometiéndose así al incontrastable principio de actualidad, que dando aliento a nuestra civilización, caracteriza todas nuestras conquistas literarias.» (José Amador de los Ríos, Historia crítica de la literatura española, Imprenta de José Rodríguez, Madrid 1863, tomo III, páginas 433-442.)
«Al morir [Fernando III] dejaba asegurada la Reconquista; ensanchado casi en la mitad el territorio castellano con las tierras más fértiles, ricas y lozanas de España; abierto para Castilla el camino de los dos mares por larguísimas leguas de costa; fundada la potencia naval; inaugurado el comercio con Italia y aun con las postreras partes de Levante; atraídos por primera vez artífices y mercaderes a un reino donde antes sólo resonaba el yunque en que se forjaban los instrumentos del combate; floreciente el estudio de Salamanca fundado por su padre, y el de Valladolid, que inauguró su madre; respetada donde quiera la ciencia de teólogos y juristas; traducido en lengua vulgar el Fuero-Juzgo y echados los cimientos de la unidad jurídica; triunfante el empleo de la lengua popular en los documentos legales; comenzada en el Libro de los doce sabios y en las Flores de Philosophia aquella especie de catequesis moral por castigo e conseio que muy pronto había de completar Alfonso el Sabio; y finalmente, cubierto el suelo de fábricas suntuosas en que se confundían las últimas manifestaciones del arte románico con los alardes y primores del arte ojival, cuyo triunfo era ya definitivo.» (Marcelino Menéndez Pelayo, «Discurso en el Tercer Congreso Católico Nacional», Sevilla 1892, en Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, Edición nacional, tomo XII, CSIC, Madrid 1942, tomo 7, pág. 55.)










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