Los sensibles que corresponden a cada uno de los órganos sensitivos, a saber, el color, el sonido, el olor, el sabor y el tacto, han sido estudiados en sus trazos generales en el tratado Del alma, donde se ha explicado su función y el efecto de su actualización respecto de los varios órganos sensitivos; pero, nos toca ahora considerar de qué manera hemos de describir cada uno de ellos, es decir, hemos de responder a la cuestión de qué es el color, el sonido, el olor o el sabor, y análogamente respecto del tacto. Tratemos primero del color:
Cada uno de estos términos se emplea en dos sentidos: como actual, y como potencial. Hemos explicado en el tratado del alma el sentido en que el color y el sonido actuales se identifican con las sensaciones actuales o el sentido en que se diferencian de ellas, es decir, del ver o del oir . Expliquemos ahora cual de cada una de ellas debe existir para producir la sensación en su plena actualidad. En aquel tratado hemos dicho de la luz que es, indirectamente, el color de lo transparente; pues, siempre que hay un elemento ardiente en la transparencia, su presencia es luz, mientras que su ausencia es la oscuridad. Lo que llamamos “transparente o diáfano” no es peculiar al aire, al agua, o a algún otro cuerpo descrito así, sino que es una naturaleza común o potencia común, que no es separable, sino que reside en aquellos cuerpos y en todos los demás, en un grado mayor o menor; de aquí que, así como todo cuerpo debe tener un límite, así también debe tener una transparencia. La naturaleza de la luz reside en lo transparente cuando es indeterminado; pero, evidentemente, lo transparente que se halla en los cuerpos ha de tener unos limites, y esto resulta obvio por el hecho de que este límite es el color; ya que el color o bien está en el mismo límite, o bien es él mismo el límite. Esta es la razón por la que los pitagóricos llamaron color a la superficie del cuerpo. El color yace en la frontera o límite del cuerpo, pero este límite no es una cosa real; hemos de suponer que la misma naturaleza que nos muestra por fuera el color, existe también dentro. El aire y el agua evidentemente tienen color; porque su brillo es de la naturaleza del color. Pero, en este caso, puesto que el color reside en algo indefinido, el aire y el mar no muestran el mismo color de cerca, al alcance de la mano, y a los que se acercan a ellos, que a los que los miran a distancia. En los cuerpos, en cambio, de no ser que la envoltura circundante cause un cambio, incluso la apariencia del color es. definida. De aquí que, evidentemente, sea la misma cosa la que es receptiva del color, en uno y otro caso. Es, pues, lo transparente, en la proporción en que existe en los cuerpos —y existe en todos ellos en un grado mayor o menor—, lo que es causa de que ellos participen del color. Pero, puesto que el color reside en el límite, debe estar en el límite de lo transparente. Y así el color será el límite de lo transparente en un cuerpo definido. Tanto en los objetos actualmente transparentes, el agua, etc., como en todos aquellos que parecen tener como límite un determinado color característico, el color inhiere siempre en la superficie limítrofe.
Lo que en el aire es causa de la luz puede estar presente en lo transparente , o puede no estar presente, por carecer de ello el cuerpo. Así pues, las mismas condiciones que producen en el aire la luz o la oscuridad, producen en los cuerpos lo blanco y lo negro.
Hemos de hablar ahora de los demás colores y explicar las varias maneras en que ellos pueden producirse. Una posibilidad es que las partículas blancas y negras alternen de tal manera que, mientras que cada una sea por sí misma invisible, a causa de su pequeñez, el compuesto de las dos resulte visible. Esto no puede aparecer como blanco o como negro; pero, ya que debe poseer algún color y no puede tener uno de estos dos, debe evidentemente existir alguna especie de mezcla, es decir, alguna otra especie de color. Es, pues, posible creer que hay más colores que el simple negro y blanco, y que su número se debe a la proporción de sus componentes; estos, en efecto, pueden agruparse según las proporciones de tres a dos, o de cuatro a tres, o bien en otras proporciones numéricas —o bien incluso pueden existir en alguna proporción inexpresable, sino en una relación inconmensurable de exceso o efecto—, de tal manera que estos colores vienen determinados de igual manera que los intervalos musicales. Según este punto de vista, los colores que dependen de proporciones simples, igual que las consonancias en música, se consideran como los más atractivos o agradables, como, por ejemplo, el púrpura marino o el púrpura de los fenicios, y algunos pocos más como éstos, mientras que los otros colores son aquellos que carecen de proporciones numéricas; ahora bien, es posible que todos puedan ser expresados en números, pero, mientras algunos realizan una proporción o función regular o exacta, otros no la verifican; y los últimos, cuando no son puros, tienen este carácter a causa de no realizarse en una función o proporción numérica pura.
Esta es una manera de explicar los colores. Otra teoría es la de que aparecen unos por medio de otros o a través de otros, igual que los producen algunos pintores, cuando extienden un color encima de otro más vivo, por ejemplo, cuando quieren hacer que algo aparezca en el agua o en la niebla; igual que el sol aparece blanco, cuando se mira directamente, y rojo, cuando se mira a través de la bruma o el humo. Pero, aun con este punto de vista la multiplicidad de los colores se explicará de la misma manera que antes; pues existirá alguna proporción definida entre los colores puestos encima y los que quedan debajo, y otros incluso carecerán de toda proporción expresable.
Pero, para decir, como hacen los filósofos antiguos, que los colores son emanaciones de los objetos y son visibles éstos en razón de lo mismo, es algo ilógico; pues, en todos los casos tendrían que explicar la sensación por contacto, de manera que resultaría mejor decir de una vez que la sensación es causada debido a que el objeto sensible pone en movimiento el medio transmisor de la sensación, es decir, que obra por contacto y no por emanación.
En la teoría de las partículas alternas hemos de presuponer no sólo unas magnitudes invisibles, sino también un tiempo imperceptible, si hemos de evitar que se advierta la llegada sucesiva de los estímulos y si las partículas han de producirnos una impresión singular y única, apareciéndosenos simultáneamente. En el otro caso, no hay necesidad de esto; el color superior afectará el medio transmisor de distinta manera, según sea él mismo modificado o no lo sea por el color subyacente. De aquí que él aparezca como un color distinto, que no es ni blanco ni negro. Así pues, si ninguna magnitud puede ser invisible, antes toda magnitud es visible desde alguna distancia, esta segunda teoría explicaría la mezcla de los colores. También en la primera teoría las partículas pueden aparecer como un color compuesto, a una cierta distancia, pero solamente así; pues vamos a demostrar más adelante que ninguna magnitud puede ser invisible.
Ahora bien, una mezcla de cuerpos tiene efecto no solamente, como alguna gente cree, por la alternancia de sus partículas más pequeñas, sino por una completa interpenetración de todas sus partes, como hemos dicho en nuestras consideraciones acerca de las mezcla en general . Según cree esta gente a que hemos aludido, solamente es posible la mezcla en el caso de aquellas cosas que pueden ser divididas en partes pequeñísimas, por ejemplo, hombres, caballos o diversas especies de semillas; el hombre, en efecto, es la más pequeña parte o unidad de los hombres, y el caballo de los caballos; de manera que, cuando éstos están colocados alternativamente, el número total viene a ser una mezcla de los dos; sin embargo, no decimos que un hombre esté mezclado con un caballo. Pero, en aquellas cosas que no son divisibles en sus partes más pequeñas no puede haber mezcla ninguna en este sentido, sino tan sólo una completa fusión, que es la forma más natural de la mezcla. De qué manera puede ocurrir esto se ha discutido ya anteriormente en nuestro estudio de la mezcla . Con todo, es evidente que los colores deben estar mezclados, cuando los cuerpos en que ellos concurren están mezclados y que ésta es la razón real dé que haya multitud de colores; ello no se debe ni a la alternancia ni a la superposición; porque no sólo desde lejos, ni sólo desde cerca, aparece uniforme el color de lo que está mezclado, sino desde cualquier distancia. La multiplicidad de los colores se deberá al hecho de que los componentes pueden combinarse en varias y distintas proporciones, de las que unas expresarán una relación aritmética y otras simplemente una sobreabundancia. Todo lo que hemos dicho acerca de los colores, considerando como causa de los mismos la alternancia o la superposición, se aplica igualmente a los que tienen como causa la mezcla. Por qué razón las distintas formas posibles del color son limitadas y no ilimitadas, cosa que también es verdadera acerca de los sabores y sonidos, lo trataremos más adelante.










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