capítulo V
DE la misma manera hemos de considerar los olores; pues, el efecto que lo seco produce en lo húmedo, es también producido por el líquido que tiene un sabor en otra esfera, en el aire y en el agua por igual. Hemos dicho que en éstos la transparencia era una cualidad o propiedad común, pero el objeto es olfateable no en cuanto transparente, sino por ser capaz de lavar o limpiar la sequedad dotada de sabor; ya que el fenómeno del olfato tiene lugar no solamente en el aire, sino también en el agua. Esto es evidente en el caso de los peces y de los animales con caparazones duros; estos seres evidentemente tienen la capacidad de oler, aunque no haya aire en el agua —pues, apenas se produce en el agua, sube hacia la superficie—, y aunque tales seres no respiren. Si, pues, admitimos que el aire y el agua son húmedos, el olor será la naturaleza que manifiesta lo seco dotado de sabor en un medio húmedo, y lo que posee estas condiciones será un objeto del olfato.
Que este efecto se debe a la posesión del sabor resulta, evidente, considerando aquellas rosas que tienen olor y aquellas que no lo tienen. Los elementos, a saber, el fuego, el aire, el agua y la tierra, son inodoros, porque tanto los que son secos, como los que son húmedos, carecen de sabor, a no ser que formen una combinación. Por esta razón el mar huele; porque tiene sabor y un componente seco. La sal común tiene más olor que el nitrato potásico : lo demuestra el aceite extraído de ella; mientras que el nitrato potásico es más tierra. Por su parte la piedra carece de olor, porque no tiene gusto, mientras que las maderas tienen olor, porque también tienen sabor; las maderas húmedas tiene menos olor que las secas. En el caso de los metales, el oro no tiene olor porque carece de sabor, y en cambio sí tienen olor el bronce y el hierro. Pero, cuando la mezcla de ellos se ha consumido en el fuego, la escoria de todos ellos tiene menos olor. La plata y el estaño tienen más olor que el oro, y menos que el bronce y el hierro; porque contienen agua.
Algunos creen que el olor es un vapor humeante, que es en parte aire y en parte tierra. En verdad, todos se inclinan a esta teoría acerca del olfato . Por esta razón Heráclito dijo que, si todo lo que existe se convirtiera en humo, la nariz sería el órgano apropiado para percibirlo todo. Todos tienden a considerar el olor como vapor, como humo, o como una mezcla de los dos. El vapor es una especie de humedad, pero una emanación humeante es, como hemos dicho, un compuesto de aire y tierra; lo primero, cuando se condensa, resulta agua, mientras que lo otro se convierte en una especie de tierra. Pero, probablemente, el olor no es ninguna de estas cosas; porque el vapor consta de agua, mientras que la emanación humeante no puede producirse en el agua. Sin embargo, los seres acuáticos tiene el sentido del olfato, como se ha dicho antes. Además, las emanaciones humeantes o gaseosas entran dentro de la teoría general de las emanaciones. Si éstas resultan algo ilógico, también lo serán las primeras.
Es evidente que es posible que la humedad, tanto en el aire como en el agua, absorba la naturaleza de lo seco dotado de sabor y sea modificada o afectada por ello; pues también el aire tiene una naturaleza húmeda. Por otra parte, si lo seco produce en los líquidos y en el aire por igual un efecto como de algo disuelto, evidentemente los olores deben ser algo análogo a los sabores. Por lo demás esto es ciertamente así en algunos casos; pues los olores, igual que los sabores, son picantes, dulces, aperos, acres y ricos u opulentos, y se puede llamar a lo pestilente análogo a lo amargo. De donde, igual que estos sabores son desagradables al paladar, así los olores fétidos son desagradables de respirar. Es, pues, evidente que el olor, en el aire y en el agua, es lo mismo que el sabor, tan sólo en el agua. Por esta razón el frío y las heladas embotan los sabores y son causa de que desaparezcan los olores; porque el frío y el hielo obran en contra del calor, que excita y desarrolla el sabor.
Hay dos especies de objetos olorosos; es, en efecto, falso decir, como hacen algunos, que no hay especie alguna de lo oloroso, puesto que las hay. Pero, hemos de distinguir en qué sentido existen tales especies y en que sentido no existen. Hay una especie de olores que es paralela a los correspondientes sabores, como hemos dicho, y para éstos la capacidad de agrado o desagrado son incidentales; pues, dado que son afecciones de las sustancias nutritivas, esos olores son agradables cuando estamos hambrientos, mientras que no lo son para aquellos que están saciados y no necesitan nada; y tampoco es agradable el olor para aquellos para quienes el alimento oloroso es desagradable. Así pues, según hemos dicho, esos olores son agradables o desagradables tan sólo incidentalmente, y así son también comunes a todos los animales. La otra especie de olores es la de los que son agradables en sí mismos, por ejemplo, los de las flores; pues ellos no tienen ningún efecto, ni grande ni pequeño, como incitación a la comida, ni contribuye en nada al apetito, sino más bien lo opuesto. Es, en efecto, verdad lo que dijo Strattis, burlándose de Eurípides, “cuando hagas puré de lentejas, no le eches perfume”. Los que mezclan en las bebidas estas cualidades violentan el placer por la simultaneidad, a fin de que el placer nazca de dos sentidos como si fuera uno y a partir de uno solo. Esta especie de percepción olfativa es peculiar al hombre, mientras que las que corresponden a los sabores son perceptibles por todos los demás animales, como se ha dicho antes; los últimos, dado que su agrado es accidental, pueden dividirse en clases de acuerdo con los sabores, mientras que los primeros no admiten en manera alguna esta división, porque su naturaleza es por sí misma agradable o desagradable.
La razón de que la primera especie de olores sea peculiar al hombre hay que hallarla en las condiciones o situación prevalente en torno al cerebro. El cerebro, en efecto, es naturalmente frío, y la sangre que lo entorna en las venas es ligera y pura, y corre fácilmente —por esta razón, los vapores de la comida, enfriados por la proximidad de esta región, producen enfermedades reumáticas—. Esta clase de olor, pues, está desarrollado en los hombres para salvaguardar su salud; no tiene, en efecto, otra función más que ésta. Y evidentemente cumple con ella; pues el alimento agradable, tanto seco, como húmedo, es nocivo a menudo, mientras que lo que tiene un olor que es en sí mismo agradable, es ordinariamente beneficioso a las personas, cualquiera sea su estado de salud. Por esta razón el olor es llevado por la respiración, no en todos los animales, sino en los hombres y en algunos animales que tienen sangre, por ejemplo, los cuadrúpedos y aquellos que participan más de la naturaleza del aire; pues, igual que los olores suben hacia el cerebro por la ligereza del calor contenido en ellos, las partes del cuerpo situadas en esta región son más sanas; porque la potencia del olor es, según su naturaleza, caliente.
La naturaleza ha hecho uso de la respiración con dos fines: en primer lugar, y como función principal, para ayuda o salvaguarda del pecho, y en segundo lugar, para hacer posible el olfato; pues, cuando un ser respira, el olor estimula las mucosas de la nariz, pero como si procediera de la parte interna. El olor de esta clase es peculiar al hombre, porque éste tiene el cerebro mayor y más húmedo, en proporción a su tamaño, de todos los animales; de aquí que también se pueda decir que solamente el hombre, entre los animales, es consciente y goza del olor de las flores y otros semejantes; porque el calor y el estímulo producido por éstos contrabalancea el exceso de humedad y de frialdad en esta región el cuerpo. Pero la naturaleza ha asignado la sensación de la otra clase de olores a los demás animales que tienen pulmones, por medio de la respiración, a fin de evitar hacer dos órganos de sentido independientes; pues, en la respiración, los animales tienen suficientes medios para la percepción de una de las especies de olores, igual que los hombres los tienen suficientes para la percepción de las dos clases de los mismos. Pero, es evidente que los animales que no respiran tienen percepción de un objeto oloroso; pues los peces y el género todo de los insectos, debido a la especie nutritiva del olor, tienen una percepción exacta, aun a distancia larga, de su propio alimento, aun estando muy lejos de él, como, ejemplo, hacen las abejas (para la miel) , y la familia de las hormigas pequeñas, que algunos llaman “knipas” , y, entre los animales marinos, el múrex , y muchos otros seres semejantes sienten agudamente su alimento por el olor. Pero, el órgano por medio del cual ellos lo perciben no resulta tan definido. Por eso puede uno sentirse ante el problema de saber por medio de qué órgano perciben el olor, si el oler tan sólo se da en los seres que respiran y cuando lo hacen —lo cual es evidentemente el caso en todos los animales que respiran—, y todos los animales susodichos poseen este sentido, aunque ninguno de ellos respire; a no ser que exista otro sentido, además de los cinco mencionados. Ahora bien, esto es imposible; porque la percepción del olor es el sentido del olfato, y estos animales lo perciben, si bien quizá no de la misma manera; sin embargo, en el caso de los animales que respiran, la respiración aparta algo que hay en el órgano sensitivo, a manera de una especie de membrana cobertora —y así no pueden sentir el olor, si no respiran— mientras que en el caso de los animales que no respiran esta cobertura está ya apartada; exactamente igual que algunos animales tienen párpados en sus ojos, y no pueden ver cuando estos están cerrados, mientras que los animales dotados de ojos duros carecen de párpados, y no necesitan nada que descubra los ojos, sino que pueden ver directamente tan pronto como el objeto entra dentro de la distancia de visibilidad. Semejantemente, ninguno de los animales inferiores soporta de mala gana el olor de las cosas que son por sí malolientes, a no ser que sean actualmente destructivas. Ellos son destruidos por estos olores de la misma manera exactamente que los hombres sufren dolores de cabeza y aun muchas veces son muertos por las emanaciones gaseosas de los carbones de antracita; de esta manera los demás animales son destruidos por la acción del azufre y de las sustancias asfálticas y las huyen o evitan a causa de estos efectos. Pero no prestan atención al olor desagradable en sí mismo —y, sin embargo muchas plantas tienen olores no agradables o molestos—, a no ser que afecte al gusto o a la comestibilidad del alimento.
Puesto que el número de los sentidos es impar, y un número impar posee siempre una unidad intermedia, el olfato podría parecer ser un término medio entre los sentidos táctiles, el gusto y el tacto, por una parte, y por otra parte los sentidos que perciben a través de un medio transmisor, la vista y el oído. Así pues, el objeto del olfato es una afección de las sustancias empleadas como alimento, que pertenecen al género de las cosas tangibles, y también de lo audible y lo visible. De aquí que los seres huelen tanto en el aire como en el agua. Así e! objeto del olfato es común a las dos esferas o campos: corresponde a lo tangible, y también a lo audible y lo transparente; y así fue razonablemente descrito como una inmersión o disolución de lo seco en lo húmedo o fluido. Baste con esto acerca de la cuestión de saber hasta qué punto podemos hablar de especies de objetos olorosos y hasta qué punto no.
La teoría expuesta por algunos pitagóricos no es lógica; dicen, en efecto que algunos animales se nutren por medio de los olores. En primer lugar, vemos que el alimento debe ser compuesto; porque los animales nutridos no son simples y por esta razón se produce abundante materia de desecho a partir del alimento, o bien en los mismos cuerpos, o bien fuera de ellos, como en las plantas; ni siquiera el agua servirá de alimento, si carece de toda mezcla; pues lo que se adhiere debe ser de alguna manera corpóreo. Es aún menos probable que el aire pueda hacerse corpóreo. Además, es evidente que todos los animales poseen una región o zona del cuerpo que recibe el alimento y en la cual, una vez que ha llegado, el cuerpo lo asimila. Ahora bien, el órgano del olfato está en la cabeza y el olor entra simultáneamente con el aire inspirado, de manera que ha de ir a parar a la región respiratoria. Así pues, es evidente que el olor en cuanto olor no contribuye a la nutrición; pero, resulta igualmente claro, partiendo de nuestra propia experiencia sensitiva y de lo que hemos ya dicho, que contribuye a la salud; de manera que el olor es, en relación con la salud en general, lo que es el sabor en la nutrición, respecto de lo que se nutre. Baste esto como explicación de los varios órganos de los sentidos










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