El manuscrito O, que inesperadamente ha dejado anticuada la edición de Walsh, no ha sido todavía objeto de un estudio especial, y sólo contamos con una primera aproximación sobre su valor relativo:
«Walsh supone que el libro se escribió hacia 1237, y que hacia 1255 se le añadió el epílogo (no se conservan esos supuestos originales). Walsh, por el análisis de las variantes del texto, define dos tradiciones: aquella a la que pertenecen BM (de B toma el texto que sigue en su edición crítica) y aquella a la que pertenecen ECD.Walsh afirma que M está muy «emparentado» con B. Sin embargo ocurre que en varios casos B es incompleto, por ejemplo, según Walsh, «faltan en B el dicho del séptimo sabio en el cap. V y el del sexto sabio en el cap. VI» (pág. 43). En su edición crítica, Walsh toma esos textos y otros que le faltan a B precisamente de M (que coincide con el resto y con la edición G de Gumiel, Valladolid 1502). M se aparta a veces de los otros textos: así en el capítulo XXIX línea 12 (de la edición crítica), mientras que los otros manuscritos dicen «codiçia e deseo», en M leemos «deseo e codiçia». Como cabía esperar en O, en el ejemplar de Oviedo (del que antes aseguramos fue copiado M) –folio 23r, línea 11– encontramos la misma variante que aparece en M. Un análisis de urgencia del texto contenido en la copia de Oviedo respecto de los otros manuscritos permite adelantar que el «nuevo» O es tan antiguo como B y E y que O es más completo que B. Por indicios que habría que confirmar concienzudamente (lo que rompería los límites que debe tener esta nota) podría incluso sospecharse que E procediese de O (algunas variantes, por ejemplo el «El» del inicio, a que antes hicimos referencia, así lo sugieren). Hay que advertir que mientras que todas las otras copias (a excepción de M, a la que ya nos referimos abundantemente) están insertas en códices que contienen gran variedad de textos, el códice Oviedo, por sus características formales, es la única copia de lujo que se conserva del Libro de los doce sabios (y tan antigua como la que más).» (Gustavo Bueno Sánchez, «El códice Oviedo del Libro de los doce sabios (noticia de un ‘nuevo’ manuscrito)», El Basilisco, 2ª época, nº 14, 1993, página 93.)
Walsh inicia su documentado estudio sobre esta obra admirándose por la escasa atención que ha recibido, tratándose de «una de las primeras obras originales en prosa de la literatura castellana» que «inicia la vasta serie vernácula de tratados sobre el buen gobernador –tema constante en la prosa didáctico-moral e inserción muy frecuente en la poesía medieval–. Siendo tal su valor, ¿cómo se explica la escasa atención que ha recibido a manos del investigador moderno?» (pág. 7.). Apunta como una de las causas iniciales la devaluación que de esta obra realizó Fermín Gonzalo Morón en 1846, crítica negativa que fue repetida casi literalmente por Modesto Lafuente en su Historia general de España (Madrid 1851, tomo V, págs. 460-461), opinión a la que se enfrentó Amador de los Ríos:
«Fue Amador también quien abrió camino hacia la identificación de las dos bases literarias y filosóficas: la oriental –de donde deriva la forma expositiva de Doze sabios y otras obras análogas– y la cristiana –que le aportó su fondo doctrinal. Y aunque esta división resulte algo precipitada y exagerada más adelante cuando entremos en la exégesis de nuestro texto, cabe señalar aquí que en estas tempranas pero acertadas observaciones de Amador se vislumbra algo del carácter único y original del Libro de los doze sabios. No obstante la importancia cronológica y literaria que le atribuyó Amador, no se volvió a editar la obra y sólo sé de tres investigadores que luego han añadido a las noticias reunidas por él. Son Menéndez Pelayo, quien identificó ciertas fuentes orientales de las máximas de nuestro texto; Helen J. Peirce, quien cotejó la presentación de las virtudes en Doze sabios con la de otros tratados castellanos sobre el ‘príncipe perfecto’, y Wilhelm Berges, quien vio en este primer ‘espejo de príncipes’ castellano toda una nueva orientación algo romántica de la monarquía española. De sus contribuciones hablaré más adelante en detalle.» (Walsh, pág. 12.)
De cualquier modo, gracias don Modesto Lafuente y su Historia de España se hizo por primera vez verdaderamente asequible la lectura de buena parte del texto del Libro de los doce sabios, al publicar en el Apéndice 5 del tomo V (publicado en 1851; obra reeditada más de una vez en la segunda mitad del siglo XIX), los capítulos 1, 2, 3, 14, 22, 23, 26, 27, 35, 36, 37, 41, 42, 43, 44 y 54 a 65.










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