El pequeño tratado “De la memoria y el recuerdo”.
Quizá sea éste el tratado más plenamente sicológico de Aristóteles —o de los que más—, en el sentido moderno de la palabra. Aristóteles se encuentra aquí a sus anchas para argüir lógicamente, a partir de una serie de hechos de experiencia interna y externa bien conocidos. Por otra parle, parece hallarse menos ligado por las limitaciones de sus teorías físicas, especialmente la de los cuatro elementos. Si se añade a esto, como existe en realidad, su dominante poder de análisis, podemos comprender hasta dónde ha superado él en estas cuestiones a Platón.
El tratado consta de dos parte, que son sus dos capítulos. El primero trata de la memoria, y el segundo del recuerdo.
Examinaremos brevemente estas dos cuestiones, y luego relacionaremos someramente el tratado con los problemas del conocimiento.
La memoria es una afección o modificación de la facultad sensitiva común. Esta, al ser capaz de discriminar el tiempo, puede distinguir con claridad entre tas imágenes nuevas de la sensación o el pensamiento, y las imágenes ya impresas en anteriores experiencias, y que persisten en nosotros. Más aún: aun cuando no siempre, lo haga, es también capaz de referirse estas imágenes impresas a la serie de experiencias que las produjeron. ¿De qué depende esta última capacidad? Sencillamente, de la profundidad con que se haya marcado en la facultad el surco de la impresión. Sólo de paso incurre aquí en el handicap de sus teorías físicas: los jóvenes y los cerebros muy húmedos no pueden recibir esa huella, ni pueden asimismo conservarla; como tampoco los cerebros escleróticos o endurecidos. Suena ello acaso a un excesivo materialismo . . .
Más notable es, en su conjunto, la teoría del recuerdo. Importante por la claridad con que capta el principio general de la asociación de las ideas y, dentro de este hecho, por la distinción entre la asociación natural de las mismas y la asociación que es meramente habitual. Importante también por la explicación que nos brinda de la doble naturaleza del proceso, considerado como algo suscitado por un acto mental deliberado en un sustrato corporal. De esta manera, la marcha del pensamiento, una vez iniciada, puede proseguir mecánicamente sin ningún esfuerzo ulterior consciente.
Las relaciones de estas teorías con la teoría general del conocimiento intelectual, tienen como punto de origen el hecho de que el mismo acto sensible está poseído de inteligibilidad. Y esta inteligibilidad es afirmada precisamente por el hecho de que el acto por el que es movido nuestro sentido no desaparece de nosotros por la ausencia del objeto, sino que persiste en nosotros, a la manera de un diseño interior de los objetos ausentes y se graba en nosotros con fuerza. Este diseño es la imagen o fantasma.
Esta pervivencia en nosotros de las formas sensibles es también el fundamento de la memoria y el recuerdo. Por lo demás, la memoria es una posesión de la imagen. Posesión que, redoblada con la reflexión, lleva al conocimiento del pasado como tal, que es el recuerdo. Lógicamente, este es propiedad exclusiva del hombre. El hecho, pues, del recuerdo es algo que deriva e implica la inteligencia, ya que conlleva el reconocimiento de algo que es pretérito y de su relación con el tiempo. Relación ésta que, como dice Aristóteles en el cap. 2, puede ser exacta o indeterminada, pero que sin duda existe.
Otro aspecto o matiz que relaciona el recuerdo con la sicología de lo intelectivo es la de la función de la voluntad en el recuerdo. En efecto, el método memorístico que nos propone Aristóteles al fin de su breve tratado, supone el libre albedrío consciente para escoger el punto de partida oportuno, desde el cual, por eslabones retrospectivos ordenados, se puede llegar al hecho que pretendemos reevocar.
Es decir, el conocimiento sensible, la imagen, la memoria, etc., forman una escala jerárquicamente sistematizada, que sirve de lleno a la intelección. La imaginación sensitiva, igual que la pura memoria, tomada como posesión de la imagen sin más, es patrimonio del reino animal en su gran parte. En cambio, el recuerdo intelectual, que supone la memoria y la imagen sensitiva, pero que al mismo tiempo implica la imaginación deliberativa, es sólo propio del hombre. El concepto, como fin de proceso unificativo de la pluralidad sensorial, es un paso más. Pero, un paso imposible, sin el recuerdo intelectivo, que permite la labor abstracta de la sustracción de los rasgos comunes y esenciales que justifican la idea, el concepto universal.
Desde el estudio de las formas de vida primero, y por la atención a las formas de la vida sensitiva luego, con sus repercusiones, finalmente, en la vida intelectiva y la conceptualización, hemos llegado a la teoría del conocimiento y a la Lógica o ciencia del pensar. Así se encadenan entre sí las diversas obras de Aristóteles, en una enorme sistematización y constancia total de pensar.
FRANCISCO DE SAMARANCH. Madrid, 14 de marzo, 1962










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