El tratado “Del sentido y lo sensible”

El tratado “Del sentido y lo sensible”.

Este pequeño tratado Del sentido y lo sensible, así como el subsiguiente, De la memoria y el recuerdo, vienen a ser respectivamente un complemento a la teoría del alma sensitiva y a las teorías del conocimiento. Por esta razón, aun cuando por tradición se incluyen en la colección de pequeños tratados designados con el nombre de PARVA NATURA-LIA, los hemos desgajado del conjunto, para presentarlos unidos aquí.

Hemos esbozado ya los trazos generales de la teoría aristotélica sobre el alma. En su tratado global de sicología, el Del alma, ha quedado esbozada su teoría general de las facultades síquicas. Al ir a dar aquí un paso más en el estudio de la vida sensitiva, por la consideración detallada de los diversos sentidos y los objetos de los mismos, Aristóteles acentúa aún más su objetividad realística y su contacto y dependencia continuos de lo particular. Intenta no tanto una coherencia sistemática y lógica, cuanto por encima de todo una explicación de los fenómenos. No obstante, no puede evitar sus consideraciones estrictamente físicas o metafísicas, ni las referencias continuas, —casi se le hacen necesarias e imprescindibles—, a la teoría de los cuatro elementos y a la del acto y la potencia. Es esto lo que da al tratado un carácter predominantemente filosófico, arrancándolo violentamente al estilo de lo que hoy llamaríamos una ciencia positiva o empírica.

El tratado se divide en tres partes: una introducción, cuyo tema básico es la relación de cada uno de los cinco sentidos con los cuatro elementos primarios de todas las cosas; un estudio de los objetos de los diversos sentidos; y, finalmente, la consideración de una serie de problemas de carácter general, relacionados con la divisibilidad de la sensación y la posibilidad de la percepción simultánea.

Lo más nuevo, respecto del tratado Del alma, cuyos trazos señeros hemos esbozado en el n. 2 de este Prólogo, es en esta introducción la referencia sistemática de los cinco sentidos a los cuatro elementos, en una actividad que llamaríamos más cosmológica o “física”, que metafísica. Primero, la reducción del gusto al sentido del tacto, para poder operar con un exacto paralelismo numérico, y luego la determinación de correspondencia, uno a uno, de los cuatro sentidos y los cuatro elementos. El agua corresponde a la vista, el aire al oído. el fuego al olfato y la tierra al tacto. Evidentemente, estas correspondencias nos resultan tan artificiales como la teoría misma de los cuatro elementos. Como el mismo texto nos hace ver, con paladina y sobrada claridad, la coherencia que Aristóteles logra en su exposición nos resulta bien mezquina. Consigue cierta estructura estable en los dos primeros sentidos: la vista y la transparencia, centrada aquí en el agua, con oscilaciones o movimientos para contar también con el aire, y la unión del oído y el aire, son explicaciones que aún se sostienen, considerados siempre el agua y el aire aquí, más que como elementos físicos o naturales, como elementos que llamaríamos físicos —en sentido griego— o cosmológicos. No todo es a posteriori en este estudio, ni mucho menos. Y menos aún en el estudio de los otros dos sentidos, en que las contradicciones latentes no están muy lejos.

Tenidos en cuenta estos principios que él estima básicos, se intenta una explicación de los diversos sentidos. Es especialmente en esta parte donde se advierte una cierta desproporción en la atención concedida a los diversos sentidos. Nos dice Aristóteles que nos va a hablar de todos ellos. Sin embargo, de hecho, omite en absoluto el oído y apenas alude de paso el tacto. Trata, pues, en realidad, de la vista, orientándola al estudio de los colores, y de los sabores y los olores.

Explicar el color supone primeramente completar la teoría de la transparencia. Lo transparente, hablando con todo rigor, es tan sólo un receptáculo potencial de la luz. En la ausencia de todo agente, lumínico, hay oscuridad. La oscuridad es un estado puramente negativo. El estado positivo corresponde, es decir, la actualización de la transparencia por la presencia de un agente luminoso, es la luz. Luego de exponer la relación ulterior entre transparencia y color, infiere que la transparencia es también el vehículo del color. Y, de consiguiente, todos los objetos visibles deben ser en algún grado transparentes (!), puesto que tan sólo el color es visible.

Respecto de los colores, considerados como gama física, comienza por definir el blanco y el negro. El negro y el blanco corresponden respectivamente a las determinaciones positiva y negativa de la transparencia: la transparencia actualizada por la luz, y la transparencia meramente potencial, sin luz aún. El problema, en realidad, implica los demás colores intermedios de la gama. Aristóteles rechaza dos teorías anteriores a él, y aporta una tercera: el color intermedio se debe a una mezcla química de blanco y negro en proporciones variables. No se le puede recriminar el haber rechazado las teorías emanatorias de Alcmeón, Empédocles y Platón. Sin embargo, fue éste su mayor error en este orden de cosas. En fin, restringe el número de colores a siete, por cierta analogía apriorística, de cuño pitagórico, con las siete notas de la escala musical.

La teoría de los sabores necesita del agua para su intelección. Aristóteles no puede negarse a los hechos. Y éstos le demuestran con excesiva claridad que el sabor se debe, en alguna manera, a la disolución de. las partículas secas de los componentes del alimento. Sin embargo, pretende salvar aún su relación con el tacto, y hace constar que el agua no es más que el simple vehículo de estas partículas secas. Los distintos sabores se deben sencillamente a modificaciones naturales, cuyo fin es dar variedad al alimento y regularlo. También los sabores admiten siete especies distintas, que representan razones numéricas, y que van de lo dulce a lo amargo. Los sabores más agradables son seguramente los que tienen razones numéricas definidas —analogía plena con la consonancia en el sonido musical.

Respecto del olfato, repite mucho de lo que ha dicho ya en el tratado Del alma, II, 10, incluida la estrecha analogía entre el olfato y gusto, y la curiosa teoría de las membranas o “párpados” de la nariz. Los objetos del olfato y el gusto son en ultimo piano los mismos. Van dirigidos a la nutrición. Tan sólo a última hora Aristóteles establece otra clase de olores, cuya percepción corresponde en exclusiva al hombre: los de las flores: olores que encierran además una estrecha relación con la salud del ser humano. Los primeros —los que van unidos a lo nutritivo—, son accidentalmente agradables —cuando e! hambre está satisfecha, desagradan—; los segundos son agradables y buenos por sí mismos.

La tercera parte —los dos últimos capítulos—, recoge problemas de importancia. El primero de ellos es el de saber si las cualidades sensibles son infinita o indefinidamente divisibles. Aristóteles contesta satisfactoriamente con la afirmativa. Pero, con una ulterior determinación: son infinitamente divisibles, aunque sólo potencialmente. Debió aún añadir: y sólo accidentalmente. Porque, en realidad, lo que es divisible infinitamente en potencia no es el color mismo, sino el objeto coloreado. No satisface, en cambio, la explicación de por qué las cualidades sensibles son limitadas. Esta, opinión o teoría hipotética se apoya en la premisa, asimismo hipotética, de que los intermedios entre los extremos contrarios son limitados en número. Hipótesis ésta que se admite sin ninguna prueba.

En cuanto al aspecto de si. es divisible la sensación considerada como proceso, admite sí la divisibilidad en el caso del oído y el olfato, porque sus excitantes son de alguna manera temporales, pero se reafirma en la creencia de que no es posible en la luz, porque la luz es instantánea.

El otro problema serio es el de saber si es posible percibir simultáneamente más de un objeto. El argumento, debido en parte a la poca exactitud crítica del texto, no resulta absolutamente claro. La inferencia final es, sin embargo, que los objetos homogéneos pueden ser percibidos simultáneamente, como una mezcla o compuesto, por su propio órgano sensitivo: los heterogéneos, en cambio, pueden ser percibidos simultáneamente como independientes o separados, por la facultad sensitiva común, que es esencialmente una, pero diferenciable racionalmente en relación con sus objetos.

En realidad, luego de este breve tratado a los sentidos y a los objetos sensibles, nos quedan aún unas cuestiones por resolver. ¿Cómo define Aristóteles, en fin de cuentas, este acto común y único que pone en contacto el objeto sensible y el ser que siente? ¿Se verifica la identidad o comunidad porque uno de los dos carece de naturaleza propia y no es más que un accidente del otro, la sensibilidad de lo sensible? ¿O bien, siendo reales ambos, llegan, por un desarrollo simultáneo y concorde, a un solo y mismo acto desde sus potencias respectivas? ¿ O aún quizá porque son actualizados por la sensación en un estado único, al no ser ellos de por sí más que potencias? Aristóteles parece haber oscilado entre estas tres concepciones. No suprimió, es cierto —y esa fue al menos una gran adquisición suya—, una parte de lo real, para dar solución a la complejidad del asunto, si bien no llegó a explicar con claridad el acto único de la sensación.

Por otra parte, la idea dominante en él es la de que lo sensible, como la impronta del sello sobre la cera, al actualizar realmente la sensibilidad —cap. II—, es lo que priva en el acto común. Por eso rechaza la idea de que el hombre sea la medida de todas las cosas. El objeto de toda sensación no es un acto del sujeto senciente. El objeto existe realmente fuera. Ambos son, sí, correlativos, y aparecen como el acto de una sola y misma sustancia, en la que vendrían a actualizarse. Ese es el auténtico realismo del conocimiento. El objeto no es el sentido: es lo sensible. Existe fuera del sujeto. No como una simple posibilidad de sensación, accidental, incapaz de subsistir por sí; es una virtud o potencia definida.

En conjunto, pues, la visión de Aristóteles sobre la vida sensitiva es de importancia notable de cara al realismo gnoseológico, aunque no haya conseguido dar una explicación eficiente del acto único de la sensación. Admite bien las bases sobre las que hay que estructurar la explicación, a saber, el dualismo sensible y sentido o ser que siente. Pero, no consigue la explicación de la actualización única.

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