Libro de los doce sabios (hacia 1237)
El Libro de los doce sabios –también conocido como Tratado de la nobleza y lealtad y Libro de la nobleza y lealtad– es uno de los primeros textos, escritos en español, de indiscutible interés filosófico. El Libro de los doce sabios inicia, además, esa fecunda tradición española de tratados destinados a definir y procurar alcanzar la perfección del rey, del príncipe o del regidor público. Y, aunque no en el título, sí que aparece ya en el texto la imagen del espejo aplicada a la propia obra [espejo de príncipes que andando el tiempo dejará paso al reloj de príncipes]: «para que vos y los nobles señores infantes vuestros hijos tengáis esta nuestra escritura para estudiarla y mirar en ella como en espejo.»
Fue encargado hacia 1237 por Fernando III el Santo, rey de Castilla (1217-1252) y de León (desde 1230) –«y comenzaron sus dichos estos sabios, de los cuales eran algunos dellos grandes filósofos y otros dellos de santa vida»–, y se le añadió un epílogo hacia 1255, en los primeros años del reinado de su hijo, Alfonso X el Sabio (1252-1284):
«Después que finó este santo y bienaventurado rey don Fernando, que ganó a Sevilla y a Córdoba y a toda la frontera de los moros, reinó el infante don Alfonso, su hijo primero, heredero de estos reinos de Castilla y de León. Y porque a poco tiempo después que este rey don Alfón reinó acaeció grandes discordias por algunos de los infantes sus hermanos y de los sus ricos omnes de Castilla y de León, haciéndose ellos todos contra este rey don Alonso unos, por ende envió el rey por los doce grandes sabios y filósofos que enviara el rey don Fernando su padre para haber su consejo con ellos, así en lo espiritual como en lo temporal, según que lo hiciera este rey santo su padre. Y porque el rey supo que eran finados dos sabios destos doce, envió llamar otros dos grandes sabios, cuales él nombró, para que viniesen en lugar destos dos que finaron. Y luego que ellos todos doce vinieron a este rey don Alfonso, demandóles el rey consejo en todas las cosas espirituales y temporales según que lo hiciera el rey su padre. Y ellos diéronle sus consejos buenos y verdaderos, de que el rey se tuvo por muy pagado y bien aconsejado de sus consejos dellos.» (Libro de los doce sabios, LXVI.)
Más abajo ofrecemos una antología cronológica de menciones sobre esta obra (que servirán al lector avisado para formar opinión sobre la evolución de su presencia durante los dos últimos siglos, sin necesidad de más comentarios), donde se puede advertir la intermitente recurrencia a lugares comunes y prejuicios ideológicos que se han ido introduciendo al interpretar estos primeros textos españoles. Olvidándose, a veces, que un texto como El libro de los doce sabios no sólo representa uno de los primeros monumentos escritos en español, sino que demuestra el grado de abstracción alcanzado por quienes ya concebían el mundo desde la lengua española, las ideas nada «vulgares» que ordenaban los razonamientos de quienes aquello escribían y leían, y la naturaleza de los asuntos tratados, tan sólo propios y pertinentes en una lengua nueva que, en muy pocas décadas, ya se había impuesto sobre otras lenguas vulgares igualmente nuevas, pues sólo la lengua vinculada a un proyecto político en victoriosa expansión, que no se reducía al ámbito de la aldea o de la comarca, podía acabar imperando, y viceversa.
[En 1977 se celebró en el riojano monasterio de San Millán de la Cogolla el milenario de la lengua española, de las glosas emilianenses o anotaciones marginales que en español realizó un fraile sobre un códice latino hace mil años. En 1973 la Real Academia Española y la Orden de Agustinos Recoletos habían ya colocado una lápida conmemorativa del que entonces se consideraba «primer testigo de la lengua española». Como en el mismo códice aparecen también glosas en la lengua que hablaban por entonces los vascones, no cesaron hasta lograr colocar en el Monasterio otra lápida conmemorativa de similares dimensiones, junto a la otra, recordatoria del también milenario de la lengua vasca, olvidando que allí no se había celebrado tanto al español por su antigüedad cuanto por la importancia histórica alcanzada por aquella lengua mil años después, convertida en el idioma propio y materno de cuatrocientos millones de hombres y de muchos Estados independientes, que permite la existencia hoy en San Millán de un Aula de la Lengua con las banderas de dos docenas de Estados que en todo el mundo hablan en español, mientras que las otras lenguas peninsulares de hace mil años, algunas incluso más antiguas, por alejadas del latín, o han desaparecido o se mantienen circunscritas al ámbito regional, donde la lengua española es de cualquier modo la lingua franca.]
Parece que en algunos tuviera menor valor este texto escrito en español por tratarse de una traducción, y además de fuentes «orientales». ¿No está operando la ideología de esa supuesta tradición ininterrumpida del «alma española» desde remotos tiempos –se supone que ligada a cierta raza, al clima o al paisaje, o a una fantástica ortodoxia católica inmemorial, pero que no podría serlo a una lengua de sólo mil años– cuya «filosofía» encuentran en Séneca y en San Isidoro, señores que al fin y al cabo pensaban y escribían en latín? ¿Tiene sentido acaso imaginar la mera posibilidad de la consolidación de una lengua moderna al margen de su inmediata incorporación, adaptación y traducción de cuantas ideas y textos estaban presentes en las lenguas de las que se irá segregando de manera rápida y definitiva? ¿Y no es preciso, además, devolver a su sitio la supuesta originalidad de las fuentes «orientales», toda vez que, a su vez, no habían hecho sino beber de los clásicos griegos, romanos y alejandrinos? De hecho, en El libro de los doce sabios, aunque fuentes inmediatas parciales suyas fueran tratados parecidos escritos en árabe, las referencias históricas que se citan son Alejandro, Julio Cesar, Pompeyo, Anibal…
Además El libro de los doce sabios es un tratado civil, político, al servicio del Estado. Pero las abundantes referencias cristianas que contiene, naturales dada la alianza política de ese Estado con la iglesia de Roma, no permiten reducirlo a un género de los «catecismos» –como hicieron José Amador de los Ríos («cierta manera de catecismo político»), Manuel de la Revilla («una especie de catecismo político») y Marcelino Menéndez Pelayo («aquella especie de catequesis moral»)–, el supuesto género de los «catecismos político-morales» que se repite perezosamente en tantos autores. Aunque el impulsor de este texto, San Fernando, fuera reconocido como santo por el pueblo desde su muerte –no fue oficialmente canonizado por los católicos hasta 1671, por Clemente X–, nos encontramos ante un «tratado político moral», si se quiere, escrito en español y no en latín, al servicio de un Imperio emergente aliado con la Iglesia romana, pero en la forma de un proyecto político alejado de cualquier tentación teocrática. No se trata por tanto de un catecismo [«por el Imperio hacia Dios»] sino de un tratado [«por Dios hacia el Imperio»].
Por otra parte, pueden advertirse en El libro de los doce sabios, sin ninguna duda, los planes y programas propios que animaban el proyecto político de Castilla, en la línea de un imperialismo generador y no depredador, el mismo proyecto imperialista que, culminada la reconquista peninsular en 1492, trasladaría su tarea hispánica al nuevo mundo americano que España acababa de descubrir. El libro de los doce sabios ofrece abundantes consejos sobre cómo disponer las guerras y las conquistas, pero no para realizar razzias ni establecer colonias en otros territorios, ni someterlos respetando su organización a cambio de impuestos, tributos o riquezas, sino para lograr, mediante esas guerras y conquistas, apropiarse de los territorios peninsulares de los que se habían apropiado hacía siglos los estados enemigos sarracenos, para incorporarlos al nuevo proyecto que piensa, habla y escribe en español: así por ejemplo el capítulo XXVII: «Que habla de como el rey debe catar primero los fines de sus guerras y ordenar bien sus fechos», el capítulo XXIX: «De las gentes que el rey no de debe llevar a las sus guerras» («Otrosí no cumple llevar a la guerra en la tu merced gentes y compañías ricas ni codiciosas, y que no son para tomar armas ni usar dellas, y que su intención es más de mercaduría que de alcanzar honra y prez») o el capítulo XXXV:
«En que el rey ordene porque el sueldo sea bien pagado a sus compañas. Otrosí, ordena tu hacienda de guisa que el sueldo sea bien pagado a las tus compañas, y antes lleva diez bien pagados que veinte mal pagados, que más harás con ellos. Y defiende y manda que no sean osados de tomar ninguna cosa en los lugares por do pasaren sin grado de sus dueños, dándosela por sus dineros. Y cualquier que la tomare, que haya pena corporal y pecunial. Y en el primero sea puesto escarmiento tal, porque otros no se atrevan. Y con esto la tierra no encarecerá y todo andará llano y bien a servicio de Dios y tuyo. Y de otra guisa todo se robaría y la tierra perecería, que la buena ordenanza trae durabledad en los hechos.»
Están localizados seis manuscritos con el texto de esta obra, tres «antiguos» y «tres modernos» (posteriores a su primera edición impresa). El texto fue impreso por primera vez en 1502, por Diego de Gumiel, en Valladolid. Volvió a ser impreso en 1800, incorporado a las Memorias para la vida del santo rey Fernando III, entonces publicadas, que habrían sido dispuestas por Juan Lucas Cortés (1624-1701) aunque suelen ser atribuidas al jesuita Andrés Marcos Burriel (1719-1762).
La edición crítica, a partir de los cinco manuscritos entonces conocidos, fue publicada por la Real Academia de la Lengua Española en 1975, pero realizada, como suele suceder dada nuestra desidia y molicie, merced al esfuerzo y dedicación de un benemérito autor extranjero, el gran hispanista norteamericano John K. Walsh (nacido en Nueva York el 10 de agosto de 1939). Pero Walsh falleció prematuramente (el 23 de junio de 1990) sin llegar a saber de la existencia de un manuscrito «nuevo», tan antiguo como los otros dos antiguos conocidos y estudiados, que no fue descubierto hasta 1992, cuando se deshizo la biblioteca plurisecular de una decaida familia española, y que gracias a la prudencia de José Manuel Valdés, el más importante librero anticuario de Oviedo, pasó a ser custodiado por la biblioteca de la universidad de esa ciudad. Estos seis manuscritos son:
XIV-XV O Ms de la Biblioteca universitaria de Oviedo
XIV-XV B Ms 12.733 de la Biblioteca Nacional de España
XIV-XV E Ms &.II.8 de la Biblioteca del Escorial
XVI M Ms 77 de la Biblioteca Menéndez Pelayo, Santander
XVIII C Ms 9.934 de la Biblioteca Nacional de España
XVIII D Ms 18.653 de la Biblioteca Nacional de España










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